lunes, 20 de noviembre de 2017

El Bien de ser niño por Danilo Sánchez Lihón

20 DE NOVIEMBRE

DÍA
MUNDIAL
DEL NIÑO


EL BIEN DE SER NIÑO

Danilo Sánchez Lihón 
Escritor de Perú


1. Hondos
misterios
No hay edad en el ser humano tan honda, densa y dramática, llena de abismos e inmersiones en el ser de las cosas y en las incógnitas de la vida.
Ninguna época más cósmica, enfrentada a los enigmas y a los absolutos, confrontada con los arcanos y lo indescifrable.
Como también, es cierto, que no hay edad más imbuida de encanto, de magia e ilusión; como más arropada de transparencia y de candor.
Y esto por la capacidad que tiene el niño de crear mundos nuevos y recuperar universos antiquísimos.
Como animar presencias inertes, vivificar lo yerto, suelto, abandonado o disperso, dándole vida con frecuencia fulgurante.
Pero, de igual forma es el período en donde tras unas figuras inadvertidas el niño se da de bruces con espantos y horrores que estremecen el alma.
En ellos se anuncian y previenen los hondos misterios de que está compuesto el mundo.
2. Ámbito
o morada
Ninguna edad cuestiona tanto al destino inescrutable como la infancia, que es la edad también del mundo y de la vida, siempre nuevos y florecidos.
En donde cabe todo lo esencial y valioso, lo más fuerte y delicado que seamos capaces de soportar e imaginar el ser humano.
Tanto lo más consistente e integral, como lo más volátil, evanescente e inconsútil. En verdad, ¡sorprendente!
De allí que la posibilidad de encontrar algo mayor o supremo en la vida cada vez es menos y se aleja irreparablemente si es que no lo alcanzamos, vivimos y tenemos en la infancia, como es la felicidad.
Dimensión, ámbito o morada que debemos convertirla a la misma en un estado de alma, en un espíritu y en una manera de vivir. En una morada permanente y hasta en un refugio, si se quiere, para llorar a nuestras anchas.
Con las cualidades y características que la definen y la hacen permanentemente fresca, lozana y renovada.
3. Les hizo
una seña
El genio y la creatividad tienen que ver mucho con la infancia, siendo que las más supremas facultades en gran medida se dan en quienes tienen el don de volver la mirada y el ser a ese contenido esencial y raíz de la existencia.
Así, se cuenta que, en la nochebuena de 1933, primer año en que Albert Einstein llegó para realizar sus investigaciones en el Instituto de Estudios Superiores de Princeton, en Nueva Jersey, ocurrió lo siguiente:
Pese a que era día invernal y nevaba insistentemente varios niños salieron a la calle siguiendo la costumbre de cantar villancicos frente a las puertas de las casas, primero como saludo y reconocimiento, pero también como un acto de solidaridad a fin de recaudar fondos.
Lo hicieron frente a la casa del nuevo vecino. Al finalizar tocaron al timbre y le explicaron al morador recién instalado que estaban reuniendo fondos para comprar regalos de Navidad para quienes no podían adquirirlos.
Einstein los escuchó, les entregó su aporte y les hizo una seña de que se detuvieran, que iba a salir junto con ellos.
– Espérenme un momento. –Oyeron que les dijo.
4. Raíz
de lo que es ser
Fue, se puso su abrigo, enrolló su bufanda al cuello, sacó su violín que tenía a la mano, y uniéndose a ellos los acompañó tocando su instrumento y acompañándolos con su vozarrón, a cantar Noche de Paz y Noche de Amor.
Lo hizo enrolado con ellos por las calles y delante de las casas, de la manera más natural, ingenua y candorosa; como si fuera uno de ellos y con la nieve en el abrigo. Y los niños lo trataban como si él fuera un niño más.
Algunos viejos habitantes que conocían ya la gloria mundial que era el nuevo residente se sorprendían y asombraban; y no atinaban a qué pensar de esa actitud, de si tenía que agradecer, quizá imitar, o tal vez echarse a reír o llorar.
Y es que ser niño no es solo conservar y cultivar el asombro como cualidades que hacen de un ser como Einstein un descubridor de absolutos.
Sino que serlo es algo que está mucho más atrás y en la base o cimiento de lo que es ser, como absoluto, niño; cuál es la capacidad de asumir la vida con total y plena identificación.
5. Latido
tras latido
Y porque ser niño no se reduce ni limita a una edad o a unos años en el desarrollo del hombre, ni queda confinado en una etapa de la vida.
La infancia incluso es un mundo por construir de modo sincero y continuo e indesmayable; sin cobardías ni cansancios. Ser niños es un universo por conquistar y una utopía por aproximar de manera fervorosa a nuestras vidas.
Este es el sentido hondo y trascendente de una visión de la infancia para estos tiempos aciagos en que hemos perdido lo mejor que se nos había dado, de manera pródiga y a manos llenas: ser niños.
Y nosotros creyendo que era una capa de nuestra envoltura, y no una esencia de nuestra índole, lo desechamos. Creyendo que era una piel y no un fundamento, lo descartamos para quedarnos con el residuo de nuestra condición humana. Y cada día perdemos más aún, una relación auténtica y natural con todo lo que es vital.
Hacerse niños, como Albert Einstein, es el sentido que se trataría de obtener y conquistar paso tras paso, latido tras latido, verso tras verso, para alcanzar a escribir el poema que lograría en la vida forjar hombres con ideales y sueños, que le den a la realidad el sostén imperecedero que ella debe tener.
6. Hilos
de esa textura
Porque eliminemos definitivamente de nuestras mentes la idea de que la infancia se da de manera llana, espontánea y hasta inconsciente. Y que se vive de modo inevitable. Por lo contrario: la infancia es una larga travesía, una ardua tarea, y un punto de llegada.
Y no se trata a la infancia de mirarla al frente, de sentirse desprendidos de ella, de su gajo, rama o pámpano. Se trata de ser constantemente niños y de tener el alma candorosa y transparente.
Y heroica, dispuestos a dar la batalla por todo lo bueno que hay que defender, restaurar sobre el mundo, como ellos lo son.
Esto se comprueba en quienes luego de haber vivido mucho, llegan a esa edad culminante, y que de modo incierto se lo llama vejez. ¿No se ve en ellos al niño, acaso?
¿En aquellos fatigados por haber depurado todo lo vano y superfluo a fin de quedarse con lo ínsito, ingénito y prístino?
¿No se lo encuentra evidente en aquellos que después de tramontar todo no arriban a otro puerto que no sea la infancia? Proas, jarcias y vientos propicios de esa larga travesía que son hilos de esa textura de la sabiduría que es saber consagrar lo mejor a la vida, y no a la muerte.
7. Hasta
el infinito
Por lo expuesto, postulemos entonces, como un valor supremo, no solo volver a la infancia en lo personal sino en lo comunitario, colectivo y social. Que forjemos sociedades niñas, o niños, como es la naturaleza, el sol que amanece cada día.
O como es la tierra, y como es el agua. Que como sociedad asumamos y adquiramos los valores de la infancia. ¿Cómo cuáles, por ejemplo? Haber, uno: ser generosos
Pero, me corrijo en un concepto que dije: la infancia ni siquiera es un punto de llegada sino una constante e inacabable aspiración; un mundo elevado y una decantación acrisolada del alma y del espíritu.
A la cual nunca se llega, sino que sólo se aspira y se anhela llegar, como es difícil, sino imposible, arribar a la plena inocencia, candor y total adoración.
Jesús lo dejó esto definido en el Evangelio al explicarles a sus apóstoles que “¡Quienes no se hagan como los niños no entrarán al reino de los cielos!”
Con lo cual deja dicho que la infancia es una ascensión, un ideal, una estrella titilando en el horizonte; un mundo que nos costará trabajo edificar porque es inagotable hasta el infinito.
IMÁGENES DE LAS ACTIVIDADES DE SECRETOS DEL TALLER DE OMIRA



















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